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“Cuando acá hablamos de crisis, solo nosotros nos entendemos”

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A juicio del especialista Carlos Jiménez, para un extranjero es sumamente complicado comprender cómo funciona el venezolano en medio de este contexto país.

Por: E.C.H.

Fotos: Archivo P&M

Láminas: Cortesía Tendencias Digitales

Hace unos años, a Carlos Jiménez, socio de Datanálisis y Tendencias Digitales, le pidieron en una entrevista que definiera al consumidor venezolano. En aquella oportunidad, el adjetivo que escogió fue “entusiasta”. Ya en ese momento el panorama era medio gris para muchos, pero la actitud de la mayoría era de optimismo. “Sin embargo, si hoy me hicieran la misma pregunta, yo diría que pasó a ser alguien sumamente golpeado y maltratado por un entorno hostil”. Es que él es enfático: el mercado nacional tiene tanto a compradores como a empresas en una “situación apretada”.

Y es tan fuerte el contexto que a pesar de que un criollo entiende el escenario que atraviesa el país, para alguien de afuera no es tan fácil de asumir. Primero, porque se sale de los estándares de lo que se conoce como “crisis”. “A escala internacional, cuando se habla de este concepto, se refiere a recesión. Pero resulta que en nuestro caso, más allá de que el PIB se empezó a contraer, cosa que ya sabíamos porque en épocas anteriores lo habíamos vivido, esto ha perdurado en el tiempo”.

Para explicar mejor la declaración de Jiménez, bueno sería irse directo a los hechos: lo primero que sucedió cuando se entró en este periodo de depresión económica fue que las personas trataron de compensar sus ingresos trabajando extra o buscando empleos temporales, “lo que se conoce popularmente como matar tigre”.

Pero resulta que la situación se mantuvo en el tiempo y la fuente de ingreso alternativa no fue suficiente para cubrir las necesidades. “Fue allí cuando cada quien se dio cuenta que debía cambiar sus hábitos, sustituyendo una marca por otra”. Pero luego llegó el punto en que se tuvo que reducir un producto o servicio, y se empezó a observar que a pesar de que cada día se gasta más una proporción mayor de los ingresos en el tema alimentación, “el individuo está reduciendo su ingesta de proteína y comiendo menos veces al día. Ese es un punto importante para entender que vivimos una crisis nada común”.

No es lo único

Jiménez agrega otra característica de este momento histórico sui géneris: el desabastecimiento. “A nosotros nos gusta la arepa con mantequilla, pero hubo tiempos en los que no se conseguía; o no hay aceite para las empanadas, o no se encuentra la leche para el café”.

Y el tercer elemento a tomar en cuenta es la inflación elevada. Aunque ya hay varios productos que vuelven a verse en los anaqueles, el precio de los mismos supera el presupuesto del individuo.

¿La conclusión de todo este proceso? “Un cóctel terrible” que solo procesa alguien que vive acá. Hay, además, un elevado sector de la población enfocado únicamente en tratar de cubrir sus gastos básicos: comida y servicios públicos. “Claro que estos últimos son más un problema para las empresas que para el beneficiario, porque con unos precios tan ridículamente baratos, no se sabe hasta cuándo podrán sostenerse. Por un lado vemos que un kilo de arroz te puede costar miles de bolívares, mientras que un servicio de telefonía te sale en 100 o 200”.

P&M: ¿Cuáles podrían ser las consecuencias de esto a corto o mediano plazo?

C.J.: Lo peor es que nos quedemos sin acceso a Internet, sin un número fijo en casa, sin celular… porque es inviable mantener una compañía de este sector, que requiere invertir en equipos y tecnología, casi todo importado. En el caso de las televisoras, deben pagar contenidos que se cobran en dólares.

P&M: ¿Qué estrategias se pueden aplicar?

C.J.: Algunos consorcios han tratado de hacer lo mismo que aplicó hace un tiempo el mercado de alimentos. Por ejemplo, me regularon la leche, entonces hago yogures. De esta manera, aplico lo que se conoce como subsidio cruzado: lo que pierdo vendiendo al precio que me exige el Estado, lo recupero ofertando un producto que no es de primera necesidad y que, por tanto, puedo vender más costoso.

Recientemente vi declaraciones de organizaciones en telecomunicaciones hablando sobre paquetes Premium. Sin embargo, rápidamente el Gobierno se manifestó diciendo que estaba en contra de esos montos, así que, bueno, respondiendo a tu pregunta anterior, a este paso nos va a pasar como con las aerolíneas: no hay.

¿A, B y C por separado?

Este especialista comenta que en Venezuela siempre se hablaba de estrato AB como el más alto y cómodo; C, que es el medio; D, trabajador, y E, popular. “Este último, por cierto, es muy complejo por su heterogeneidad. Ahí puedes encontrar desde una persona que está en la indigencia o una familia que raya en la línea de pobreza, hasta alguien que trabaja en la economía formal, pero que su vivienda no tiene bien establecidos sus servicios básicos”.

Sin embargo, lo que está pasando en la actualidad es que la clase AB y C pasaron a ser una sola, “pues hablar de la primera no tiene mucho sentido, ya que es muy pequeña, y la C se ha contraído demasiado”.

Lo peor del asunto es que independientemente del sector social al que un ciudadano pertenezca, todos son víctimas del “drama, y este tiene dos caras: por un lado, alguien que no puede pagar las cosas; por el otro, el que difícilmente lo consigue pero no recibe algo de calidad”.

Esta clase ha dejado de consumir bienes que antes eran bastante descriptivos, como unas vacaciones o el pago de un seguro de automóvil.

P&M: ¿Cómo divide el criollo su presupuesto?

C.J.: La prioridad es la alimentación. Casi todo gira entorno a comer. Otro problema es el transporte público, en especial para los estratos más bajos o quienes viven en ciudades satélites.

P&M: A eso habría que sumarle el hecho de que no se consigue dinero en los cajeros para poder cancelar el pasaje.

C.J.: Exacto. El problema operativo es otro ingrediente porque, como dices, los bancos no dan efectivo. Una persona que vive en ciudad dormitorio invierte entre 6.000 y 10.000 bolívares diarios. Multiplicado por 20 días hábiles, el total es de 120.000 e incluso 200.000 bolívares mensuales.

Y no solo es conseguir esa cantidad de dinero, sino que la seguridad en los autobuses es tan mínima que fácilmente te pueden robar.

Ira y pánico

Un artículo elaborado por la psicóloga Elizabeth Martin explica que este contexto ha creado dos venezolanos: uno molesto y otro temeroso. “El estudio habla de la rabia como una sensación movilizadora. De esta manera, quienes tienen esta emoción son quienes han salido a la calle a manifestar y quejarse; pero el que tiene miedo está paralizado. Es ese tipo de gente que se queda deprimida en su casa”.

P&M: ¿Cuál es el papel que juegan las marcas en todo esto?

C.J.: Yo pienso que las empresas también están sobreviviendo, porque es muy difícil operar en Venezuela. Esta nación se ha convertido en un entorno hostil, que implica situaciones, como la devaluación o la dificultad de conseguir proveedores confiables, la mano de obra o cómo retener personal calificado en ciertos cargos. Muchos, simplemente, están emigrando en cantidades increíbles, por lo que conseguir un gerente de mercadeo —por solo mencionar un botón— se ha convertido en un gran problema.

P&M: ¿Qué hacer entonces?

C.J.: Por un lado, buscar la empatía con el consumidor, apoyándolo, ¿cómo? Teniendo presencia en el punto de venta y adaptando sus productos a las nuevas realidades, entre otros.

Lo que agrava la situación es que, como ya dije antes, no es una crisis temporal, sino que se mantiene en el tiempo.

P&M: En este caso, ¿se sigue llamando así?

C.J.: Bueno, realmente es una ‘megacrisis’. Según los especialistas, aún no tenemos hiperinflación, pero igual es un proceso inflacionario bastante agresivo.